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Cita bíblica:
«No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu Santo.» — Efesios 5:18 (NVI)
Reflexión:
Vivir la vida cristiana sin el Espíritu Santo es como intentar navegar en alta mar sin brújula ni viento. Sin embargo, muchos creyentes desconocen que tienen acceso a la presencia más poderosa del universo. Dios, en su infinita misericordia, no nos dejó solos cuando Jesús ascendió al cielo. Por el contrario, envió a su Espíritu para vivir en nosotros, no como un visitante ocasional, sino como compañero eterno. Por lo tanto, ser llenos del Espíritu no es una opción espiritual, es una necesidad vital para todo aquel que desea cumplir el propósito de Dios.
Imagínate por un momento estar en Jerusalén, en medio de una multitud furiosa que aprieta piedras con sus manos. El polvo levanta. Los rostros desfigurados por el odio. Los gritos ensordecen el ambiente. En medio de ese caos, hay un hombre joven, de pie, con el rostro que resplandece como el de un ángel. Su nombre es Esteban.
Hechos 6:5 lo describe como «un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo». No era apóstol, no era famoso, era simplemente un hombre rendido al Espíritu. Por eso hacía señales y prodigios. Por eso predicaba con tal poder que nadie podía rebatirle. El Sanedrín, desesperado, mintió, lo acusó y lo arrastró afuera de la ciudad.
Mientras las piedras comenzaban a caer sobre su cuerpo, Esteban hizo algo extraordinario: miró al cielo y lo vio abierto. Y entonces dijo: «¡Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios!» (Hechos 7:56).
¿Por qué Jesús estaba de pie y no sentado? Porque en ese instante glorioso, el Rey de reyes se levantó de su trono para recibir a su siervo fiel. Jesús, que siempre está sentado a la diestra del Padre, se puso de pie como un Padre que ve llegar a su hijo después de una batalla. Esteban no murió derrotado. Murió victorioso, sostenido, acompañado, lleno del Espíritu Santo hasta el último aliento. Eso solo lo puede hacer el Espíritu de Dios en un ser humano.
El Espíritu Santo no es una fuerza abstracta ni una emoción religiosa. Es una persona divina que se involucra profundamente en cada área de tu vida. Él te capacita, te empodera y te dirige en cada decisión. ¿Recuerdas esa voz suave que escuchaste cuando estabas a punto de tomar una mala decisión? Ese era Él. Sin embargo, muchas veces lo ignoramos porque preferimos hacer nuestra propia voluntad.
Tarea del día: Hoy, antes de comenzar cualquier actividad, detente cinco minutos, cierra los ojos y en voz alta dile: «Espíritu Santo, te invito a este momento. Guíame, dirígeme, habla a mi corazón.» Hazlo en la mañana, al mediodía y en la noche. Practícalo y observa cómo tu día cambia.
El Espíritu está ahí, esperando ser invitado, no como espectador, sino como guía. Para experimentar más de su poder, estudia la Palabra, mantén una vida de oración y ábrele la puerta de tu corazón cada momento del día.
Ser llenos del Espíritu Santo es el privilegio más grande que Dios nos ha dado. Como Esteban, cuando vivimos rendidos a Él, somos transformados en instrumentos de poder, gracia y gloria. El Espíritu no vino para visitarnos, vino para habitarnos. Cada día que lo invitas, cada momento que lo reconoces, te acercas más a la versión de ti que Dios diseñó desde la eternidad. No vivas otro día sin Él. Ábrete, invítalo y déjate llenar completamente.
Oremos juntos:
Padre celestial, gracias por el regalo incomparable de tu Espíritu Santo. Reconozco que muchas veces he caminado solo, ignorando su presencia y su guía. Hoy te pido perdón y te pido que me llenes de nuevo. Espíritu Santo, eres bienvenido en cada área de mi vida, en mis decisiones, en mis palabras, en mis pensamientos. Así como Esteban fue sostenido en su momento más oscuro, sostenme tú a mí. Capacítame, dirígeme y úsame para tu gloria. En el nombre de Jesús, amén.

