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Cita bíblica:
«Consagra a Aarón y a sus hijos, y así quedarán consagrados para servirme como sacerdotes.» — Éxodo 29:44 (NVI)
Reflexión:
Ayer reflexionamos sobre que hemos sido ungidos para cumplir el propósito de Dios. Aprendimos que la unción no es solo un privilegio, sino una responsabilidad que debemos avivar cada día.
Hoy damos un paso más. Si tú has sido ungido… también puedes convertirte en instrumento para ungir y consagrar lo más preciado que tienes: tus hijos.
Como padres, llevamos en el corazón el peso sagrado de guiar a nuestros hijos por los caminos de Dios. Sin embargo, muchas veces olvidamos que antes de ser nuestros, ellos son de Él. Por eso, ungir a tus hijos no es un simple ritual religioso; es un acto profundo de fe, rendición y amor. Es reconocer, con humildad y con lágrimas si es necesario, que no podemos protegerlos solos. Es declarar sobre su vida: «Señor, Tú eres mejor padre que yo. Te lo entrego.» Esta consagración abre puertas celestiales y cubre con el Espíritu Santo cada paso que ellos darán.
Imagínate a Ana, aquella mujer quebrantada que lloraba en el templo con una oración que nadie más entendía. Había esperado años, soportado burlas, pero su fe no cedió. Cuando por fin tuvo en sus brazos a su pequeño Samuel, ese bebé olía a milagro. Cada vez que lo miraba dormido, recordaba la promesa que había hecho. Y un día, con el corazón roto pero firme, lo llevó al templo. Lo ungió. Lo consagró. Lo soltó. Imagina sus manos temblorosas poniendo aceite sobre esa frente pequeña, sus labios susurrando una oración entre sollozos: «Es tuyo, Señor. Siempre fue tuyo.» Samuel creció y se convirtió en profeta, juez y guía de toda una nación. El fruto de una madre que tuvo el valor de ungir y consagrar a su hijo a Dios. (1 Samuel 1:27-28)
¿Cuándo fue la última vez que pusiste tus manos sobre la cabeza de tu hijo y oraste por él con todo tu corazón? Ungir a tu hijo es recordarle al cielo y al infierno que ese niño tiene dueño, y su nombre es Jesús. Es una declaración espiritual que rompe cadenas, aleja el mal y activa el propósito divino. No esperes el momento perfecto. Hoy mismo, toma aceite de oliva, llama a tu hijo, pon tu mano en su frente y ora. No es magia, es fe. Es el gesto más poderoso que un padre puede hacer.
📝 Tarea del Día: Hoy, antes de que tu hijo se duerma, toma un poco de aceite de oliva, ponlo en su frente y ora en voz alta por su salud, protección, propósito y cobertura espiritual. Dile con palabras: «Eres de Dios y Él te cuida.»
Ungir a tus hijos no es una tradición vacía; es un acto de guerra espiritual y amor profundo. Aprendemos que Dios honra a los padres que consagran lo más preciado que tienen: sus hijos. Así como Ana con Samuel, como Isaac con Jacob, así también tú puedes marcar el destino de tu hijo con una oración y un toque de aceite. La unción no cambia al aceite; cambia a quien lo recibe porque Dios mismo pone su sello sobre esa vida. Sé el sacerdote de tu hogar. Unge, ora y cree.
Oremos juntos:
Padre celestial, hoy vengo delante de Ti con el corazón abierto y las manos extendidas sobre mis hijos. Reconozco que ellos son Tuyos antes de ser míos. Te pido que los cubras con Tu Espíritu Santo, que apartes todo mal de sus vidas, que guíes cada uno de sus pasos y que el propósito que tienes para ellos se cumpla completamente. Señor, úngelos con Tu presencia, con Tu sabiduría y con Tu amor. Declaro que mis hijos son bendecidos, protegidos y consagrados a Ti. En el nombre poderoso de Jesús, amén.
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Una canción poderosa de cobertura y protección espiritual.

