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Cita bíblica:
«Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero; sé limpio.» — Marcos 1:41 (RVR1960)
Reflexión:
Vivimos en un mundo que constantemente nos evalúa, nos etiqueta y nos descarta cuando no cumplimos ciertas expectativas. Sin embargo, hay una verdad poderosa que necesitas grabar en tu corazón hoy: Jesús nunca ha rechazado a nadie que se haya acercado a Él con sinceridad. Por el contrario, cada vez que alguien llegó roto, sucio o avergonzado, Él no se apartó. En cambio, extendió su mano con compasión. Porque su amor no depende de tu condición, sino de su naturaleza. Y su naturaleza es misericordia pura.
Cierra los ojos e imagínalo. Un hombre cubierto de llagas, con la ropa rasgada como señal de su impureza, obligado por la ley a gritar ¡Impuro! ¡Impuro! cada vez que alguien se acercaba. Excluido de su familia, de la sinagoga, de la sociedad. Años sin sentir el abrazo de nadie. Años cargando no solo la enfermedad en su cuerpo, sino el rechazo profundo en su alma. Ese día, algo en su interior lo impulsó a romper todas las barreras. Se abrió paso entre la multitud sabiendo que podían apedrearlo por atreverse a acercarse. Y llegó hasta Jesús. Se postró de rodillas, temblando, y con una voz quebrada que cargaba años de dolor susurró: Si quieres, puedes limpiarme. No pidió con arrogancia. Solo con esperanza frágil. Y Jesús, en lugar de retroceder como todos lo habían hecho, hizo lo impensable: lo tocó. En ese instante, un hombre que nadie quería tocar sintió las manos del Hijo de Dios sobre su piel. Y en ese toque, no solo fue sanado su cuerpo. Fue restaurada su dignidad.
Quizás tú también has cargado con el peso del rechazo. Personas que te hicieron sentir indigno, impuro, o que simplemente no eras suficiente. Tal vez esas voces aún resuenan dentro de ti. Pero hoy necesitas saber que Jesús no ve lo que otros ven. Él ve tu corazón. Él ve tu necesidad. Y así como extendió su mano hacia ese leproso, hoy la extiende hacia ti. No importa cuántas veces hayas sido rechazado. Para Jesús, tú sigues valiendo todo.
🌿 Tarea del día: Párate frente a un espejo, mírate a los ojos y di en voz alta: «Soy amado por Jesús. Él no me rechaza.» Repítelo tres veces y permite que esas palabras lleguen a lo más profundo de tu corazón.
La historia del leproso nos enseña que acercarse a Jesús con humildad y fe, aunque te sientas indigno, siempre produce un encuentro transformador. Jesús no esperó que el leproso estuviera limpio para tocarlo. Lo tocó en medio de su condición. De igual manera, Él no espera que estés perfecto para amarte. Te ama ahora, en tu proceso, en tu herida, en tu quebranto. La misericordia de Jesús no tiene condiciones previas. Solo requiere que te acerques.
Oremos juntos:
Señor Jesús, hoy vengo a ti como ese leproso: con mis heridas visibles, con mis vergüenzas y con el peso del rechazo que he cargado. Así como extendiste tu mano y lo tocaste a él, te pido que me toques a mí hoy. Sana no solo mi cuerpo, sino también mi alma rota. Restaura mi dignidad. Hazme saber que soy amado y aceptado por ti, sin importar lo que otros hayan dicho. Que tu misericordia sea más poderosa que cualquier rechazo que haya vivido. En tu nombre, amén.
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