Cita bíblica:
No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis profetas. – Salmo 105:15
Reflexión:
En el camino de nuestra fe cristiana, a menudo nos encontramos frente a personas que Dios ha escogido para propósitos específicos en Su reino. Sin embargo, debido a nuestra naturaleza humana, podemos convertirnos inadvertidamente en obstáculos para estos hombres y mujeres elegidos por Dios. En primer lugar, debemos reconocer que los ungidos de Dios no son perfectos; son seres humanos con debilidades y fallos como cualquiera de nosotros. No obstante, han sido apartados por el Señor para una misión divina. Por lo tanto, nuestra actitud hacia ellos debe estar marcada por el respeto y el apoyo, no por la crítica destructiva o la oposición. Además, cuando nos interponemos en el camino de un ungido, estamos desafiando no solo a la persona, sino también el propósito divino que Dios está realizando a través de ella.
La historia de Mardoqueo y Amán en el libro de Ester nos proporciona un ejemplo poderoso de este principio. Mardoqueo, un judío temeroso de Dios, se negó a inclinarse ante Amán, quien había sido elevado a una posición de poder por el rey Asuero. Este acto de Mardoqueo enfureció tanto a Amán que planeó no solo su destrucción, sino la de todo el pueblo judío. Sin embargo, Amán no comprendió que Mardoqueo era parte del plan divino para la preservación de Israel. A medida que la historia se desarrolla, vemos cómo Dios revierte la situación de manera dramática: Amán termina colgado en la misma horca que había preparado para Mardoqueo, mientras que Mardoqueo es elevado a una posición de honor. Este relato bíblico ilustra claramente que oponerse a aquellos que Dios ha escogido puede tener consecuencias devastadoras. En efecto, Amán se convirtió en su propio verdugo al convertirse en piedra de tropiezo para un elegido de Dios.
Reflexionemos profundamente sobre esta verdad: cuando nos levantamos contra un ungido de Dios, estamos en realidad posicionándonos contra el mismo Dios. Es como intentar detener un río que Dios ha destinado a fluir en cierta dirección. Las Escrituras nos enseñan que Dios protege celosamente a aquellos que ha llamado para Sus propósitos. Recordemos las palabras que Jesús dirigió a Saulo en el camino a Damasco: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Saulo estaba persiguiendo a los creyentes, pero Cristo lo interpretó como una persecución directa contra Él mismo. Esta identificación íntima entre Dios y Sus elegidos debe hacernos pausar y considerar cuidadosamente nuestras acciones y actitudes hacia los líderes y siervos que Dios ha puesto en nuestras vidas.
¿Qué podemos aprender de todo esto? Primero, debemos cultivar una actitud de discernimiento y respeto hacia aquellos que Dios ha ungido, incluso cuando no entendamos completamente sus acciones o decisiones. Segundo, es vital examinar nuestros corazones para identificar posibles motivaciones como la envidia, el orgullo o la amargura que podrían llevarnos a oponernos a los ungidos de Dios. Tercero, en lugar de ser piedras de tropiezo, estamos llamados a ser pilares de apoyo, ofreciendo oración, ánimo y ayuda práctica a aquellos que Dios ha designado para liderar. Finalmente, recordemos que la manera en que tratamos a los ungidos de Dios refleja nuestra actitud hacia el mismo Dios. Como cristianos, busquemos ser facilitadores, no obstructores, del propósito divino que se desarrolla a través de los elegidos del Señor.
Oremos juntos:
Padre Celestial, humildemente me acerco a ti reconociendo que a veces, sin darme cuenta, puedo convertirme en obstáculo para aquellos que has ungido y elegido. Perdóname por las ocasiones en que he criticado, juzgado o me he opuesto a tus siervos por orgullo, envidia o falta de comprensión. Dame un corazón discerniente para reconocer a tus ungidos y la gracia para honrarlos y apoyarlos. Ayúdame a recordar que cuando toco a tus ungidos, estoy tocando lo que es precioso para ti. Guíame para ser un apoyo, no un tropiezo, en el camino de aquellos que has escogido para manifestar tu propósito en esta generación. En el nombre de Jesús, amén.

