Devocional 3 de noviembre de 2026: «No Es Tu Gloria, Es la Gloria de Dios.»

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Cita bíblica:

«No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad.» — Salmo 115:1

Reflexión:

Existe un peligro que pocos reconocen porque se disfraza de logro, de esfuerzo, de mérito propio. Es el peligro de mirar lo que Dios ha construido en nuestra vida y decir, aunque sea en el silencio del corazón: «Esto lo hice yo.» Sin embargo, la Palabra de Dios es clara y directa: toda gloria, todo honor y todo mérito le pertenecen únicamente a Él. No porque Dios sea inseguro y necesite reconocimiento, sino porque reconocer Su señorío es lo que nos mantiene en el lugar correcto. Cuando damos a Dios la gloria que le corresponde, nos protegemos de la soberbia más peligrosa: la que no se ve, la que crece despacio y en silencio hasta que lo destruye todo.

Imagínate estar en lo más alto que un ser humano puede estar. Nabucodonosor era el hombre más poderoso de la tierra conocida. Su nombre hacía temblar naciones enteras. Babilonia, su ciudad, era una de las maravillas del mundo antiguo: jardines colgantes, murallas enormes, palacios que desafiaban la imaginación. Todo era grandioso, todo era imponente, todo llevaba su sello. Un día, caminando por la terraza de su palacio real, con el viento cálido rozando su rostro y la ciudad extendida a sus pies como una ofrenda, algo terrible ocurrió en su corazón. Levantó la vista, contempló todo lo que veía y con una voz llena de orgullo declaró: «¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?» (Daniel 4:30). Aún resonaban esas palabras en el aire cuando una voz cayó del cielo como un trueno: «El reino ha sido quitado de ti.» Y en ese mismo instante, el hombre más poderoso del mundo cayó. Su mente se quebró. Comenzó a vivir como un animal en el campo, su cabello creció como plumas de águila y sus uñas como garras de ave. Siete años. Siete años de vivir en la tierra, comiendo hierba, mojado por el rocío, hasta que un día levantó los ojos al cielo y reconoció al Altísimo. Y entonces, solo entonces, su razón le fue devuelta. La gloria que no se le da a Dios, Dios mismo la recupera.

Hermano, hermana, detente un momento y pregúntate con honestidad: ¿cuántas veces has recibido un ascenso, una bendición, una puerta abierta, y en el fondo de tu corazón pensaste que fue por tu talento, tu esfuerzo o tu inteligencia? No se trata de negar el trabajo duro, porque Dios también usa tu diligencia. Pero el origen de todo, absolutamente todo, es Él. Cada respiración, cada oportunidad, cada don que tienes, vino de Sus manos. Robarle la gloria a Dios no siempre se ve como arrogancia; a veces se ve como un simple olvido. Tarea del día: Piensa en el logro más reciente de tu vida, algo de lo que estás orgulloso, y escribe una oración corta devolviéndole ese mérito a Dios. Di en voz alta: «Señor, esto fue tuyo desde el principio. Toda la gloria es tuya.»

La historia de Nabucodonosor no es solo una advertencia; es una invitación a vivir de manera diferente. Aprendemos que reconocer a Dios en todos nuestros logros no nos hace pequeños; nos hace sabios. El rey más poderoso de la tierra tuvo que aprender desde el suelo lo que debió haber sabido desde el trono. No esperes tocar fondo para levantar los ojos al cielo. Hazlo hoy, desde donde estás, con lo que tienes. Porque cuando Dios recibe la gloria que le corresponde, Su favor sobre tu vida no se interrumpe, sino que se multiplica. Dale el mérito a Él, siempre.

Oremos juntos:

Señor, hoy vengo ante Ti con el corazón humilde y agradecido. Reconozco que todo lo que tengo, todo lo que soy y todo lo que he logrado viene de Tus manos. Perdóname por las veces que me atribuí lo que solo Tú pudiste hacer. Perdóname por los momentos en que el orgullo creció en mi corazón sin que me diera cuenta. Hoy te devuelvo toda la gloria, toda la honra y todo el mérito. Que mi vida sea un reflejo de Tu bondad y no un monumento a mis propios logros. Que nunca olvide que sin Ti, nada de esto existiría. En el nombre de Jesús, amén.

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