Devocional 01 de noviembre de 2026: «Hay Poder en el Nombre de Jesús.»

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Cita bíblica:

«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.» — Hechos 1:8

Reflexión:

Hay nombres que el mundo pronuncia con admiración, nombres que abren puertas, que generan respeto, que mueven multitudes. Sin embargo, existe un nombre que trasciende todo poder humano, todo título y toda autoridad conocida. Ese nombre es Jesús. No es simplemente una palabra religiosa que repetimos por costumbre; es una declaración de autoridad sobrenatural. Porque así como el Espíritu Santo descendió con poder en Hechos, ese mismo poder sigue activo hoy en cada creyente que se atreve a pronunciar ese nombre con fe genuina. La pregunta no es si el nombre tiene poder; la pregunta es si realmente creemos en él.

Imagínate la escena. Cada mañana, desde que tiene memoria, ese hombre es cargado por otros hasta la misma puerta. Sus piernas, delgadas e inútiles, jamás han sostenido su propio peso. Cuarenta años. Cuatro décadas de mirar el mundo desde el suelo, de extender la mano, de sobrevivir de la compasión ajena. La puerta donde lo dejan se llama la Hermosa, pero para él hay poco de hermoso en su realidad. Ve entrar a miles de personas al templo a adorar a un Dios que, quizás en sus momentos más oscuros, sintió lejano. Ese día particular, dos hombres se acercan. Pedro y Juan. Hombres sencillos, sin túnicas lujosas ni bolsas repletas de monedas. El cojo los mira esperando lo de siempre: una moneda, quizás dos. Pero Pedro lo mira fijamente a los ojos, con una intensidad que lo descoloca, y le dice algo que nadie jamás le había dicho: «Mírame.» Y entonces, con una voz cargada de certeza absoluta, Pedro declara: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.» (Hechos 3:6). Y tomándolo de la mano derecha lo levantó. En ese instante, cuarenta años de imposibilidad se derrumbaron. Sus pies, que nunca habían dado un paso, comenzaron a saltar. Entró al templo andando, saltando y alabando a Dios. No fue la riqueza de Pedro. No fue la ciencia médica. Fue un nombre. Solo un nombre.

Hermano, hermana, escucha esto con todo tu corazón: el nombre de Jesús no ha perdido ni un gramo de su poder. Ese nombre está por encima de cualquier diagnóstico médico, por encima del cáncer, de la depresión, de la adicción, de la deuda, de la ruptura familiar. Por encima de cualquier filosofía o religión del mundo. Porque Jesús no solo predicó; murió, resucitó y venció. Tarea del día: Escribe en voz alta el diagnóstico o la situación imposible que estás enfrentando, y luego declara tres veces con fe: «En el nombre de Jesucristo de Nazaret, esto tiene que ceder.» Hazlo creyendo, no como fórmula mágica, sino como hijo que conoce la autoridad de su Padre.

Lo que aprendemos hoy es transformador: el poder no estaba en Pedro, estaba en el nombre que Pedro pronunció. Y ese mismo nombre vive en ti. Cada vez que oras, cada vez que declaras su Palabra, cada vez que enfrentas la oscuridad con fe, estás usando la autoridad más grande que existe en el universo. No te rindas frente a lo que parece imposible. El hombre cojo llevaba cuarenta años esperando, y en un segundo todo cambió. Tu segundo puede ser hoy. El nombre de Jesús sigue siendo poderoso, sigue siendo suficiente y sigue siendo tuyo.

Oremos juntos:

Padre celestial, hoy me postro ante Ti reconociendo que hay un nombre sobre todo nombre: el nombre de Jesús. Perdóname por las veces que lo he pronunciado sin fe, por las veces que he creído más en el diagnóstico del hombre que en Tu Palabra. Hoy declaro con todo mi corazón que ese nombre tiene poder sobre cada área de mi vida. Habla a mi cuerpo, a mis finanzas, a mi familia, a mi mente. Así como aquel cojo saltó y alabó en el templo, quiero que mi historia también sea un testimonio de Tu gloria. Que nunca pierda la fe en Tu nombre poderoso. En el nombre de Jesús, amén.

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