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Cita bíblica:
Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan. — Mateo 11:12
Reflexión:
Hay momentos en la vida donde el silencio parece ser la única respuesta del cielo, donde las circunstancias gritan más fuerte que nuestra esperanza. Sin embargo, es precisamente en esos momentos donde Dios nos llama a activar una fe que no retrocede. Una fe que no pide permiso, que no se intimida ante los obstáculos y que, sobre todo, no se rinde. La Palabra de Dios nos enseña con claridad que el Reino de los cielos no se recibe de manera pasiva; por el contrario, pertenece a aquellos que se atreven a creer con determinación, a orar con fuego y a avanzar con valentía aunque todo parezca ir en contra.
Cierra los ojos por un momento e imagínate aquella mañana en Jericó. El sol comienza a calentar las piedras del camino, y una multitud ruidosa y emocionada sigue los pasos de Jesús. Entre el polvo y el bullicio, dos hombres están sentados al borde del camino. Sus ojos no ven nada. El mundo para ellos es solo oscuridad, voces y el sonido de pasos que pasan sin detenerse. Pero ese día… ese día algo es diferente. Un murmullo se convierte en clamor: «¡Jesús de Nazaret pasa por aquí!» Y entonces, desde lo más profundo de su desesperación, los dos ciegos gritan con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!» La multitud los reprende. Les dicen que se callen, que no molesten, que no son importantes. Pero ellos… ellos gritan más fuerte. Cada «cállense» del mundo solo encendió más su fe. Y en medio de todo ese ruido, Jesús se detiene. El Rey del universo se detiene por dos hombres que muchos ignoraban. Los llama, extiende Sus manos llenas de amor y compasión, los toca… y en un instante eterno, la oscuridad se convierte en luz. Las lágrimas corrieron por sus rostros, no de dolor, ¡sino de gozo! Su fe violenta arrebató su milagro.
Esa historia no está solo en las páginas de la Biblia; está escrita para ti, hoy. La fe no es simplemente desear algo con el corazón; es levantarte cada mañana con la determinación de un guerrero espiritual. Es orar no como quien pide un favor, sino como quien reclama una promesa. La perseverancia en la fe significa que cuando el mundo te diga «cállate», tú gritas más fuerte. Que cuando las circunstancias te digan «ríndate», tú te arrodillas y oras con más intensidad. No seas pasivo ante tus batallas. Dios honra la fe que no cede, la que persiste, la que arrebata.
🎯 Tarea del día: Hoy, toma un papel y escribe la promesa de Dios que estás esperando. Luego, en voz alta y con convicción, declárasela a Dios en oración. No susurres tu petición, ¡clámala con fe! Hazlo tres veces durante el día y niégate a dudar.
En conclusión, la fe violenta no es arrogancia ni desesperación; es la expresión más pura de la confianza en un Dios fiel. Como los dos ciegos de Jericó, tú también puedes romper el silencio del miedo y el conformismo. Lo que Dios ha prometido, Él lo cumplirá, pero requiere que tú te levantes, que creas, que persigas y que no te rindas. El milagro que estás esperando no llegará por casualidad, sino como respuesta a una fe activa, ferviente y determinada. Aférrate a Sus promesas. Avanza. Arrebata con fe lo que el cielo ya tiene guardado para ti.
Oremos juntos:
Padre celestial, hoy vengo ante Ti con la determinación de los dos ciegos de Jericó. Señor, aumenta mi fe, dame valentía para gritar Tu nombre en medio de mis tormentas, para perseverar cuando todo parezca imposible y para aferrarme a Tus promesas cuando el mundo me diga que me rinda. Declaro que mi fe no retrocede, porque Tú eres fiel y Tu Palabra no falla. Permite que hoy mi clamor llegue a Tu corazón y que, así como tocaste los ojos de aquellos dos hombres, toques cada área de mi vida donde necesito Tu milagro. En el nombre de Jesús, amén.
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