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Cita bíblica:
«Pero que pida con fe, sin dudar; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra.» — Santiago 1:6 (RVR1960)
Reflexión:
Hay momentos en la vida donde el peso de las circunstancias nos aplasta de tal manera que pareciera que el cielo está sellado, sordo a nuestro clamor. Sin embargo, es precisamente en esos momentos donde debemos entender una verdad fundamental: Dios no responde a tu desesperación, responde a tu fe. No es que Él no vea tu dolor, al contrario, lo ve todo. Pero Su poder se activa cuando tú decides creer, cuando en medio de las lágrimas y la tormenta, levantas tu corazón hacia Él y dices: «Señor, te necesito y creo que tú puedes.»
Piensa por un momento en la mujer con flujo de sangre (Marcos 5:25-34). Doce años de sufrimiento, doce años de médicos, de gastos, de vergüenza, de soledad. Podría haberse quedado llorando en su habitación, resignada a morir. Pero algo en su interior se encendió: la fe. Se abrió paso entre la multitud, tocó el manto de Jesús, y al instante fue sana. ¡Su fe la sanó! Después está Ana (1 Samuel 1), que en su angustia por la esterilidad fue al templo llorando, sí, pero no llorando sola encerrada en amargura: clamó a Dios con un corazón roto y rendido. Y el cielo la escuchó. O recuerda al ciego Bartimeo (Marcos 10:46-52), que aunque todos le mandaban callar, él gritaba con más fuerza: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!» Su fe persistente detuvo a Jesús. No fue su ceguera lo que conmovió a Cristo, fue su fe desesperada.
Hay una diferencia enorme entre llorar solo en tu cuarto hundiéndote en la depresión, y llorar postrado ante Dios con un corazón contrito y humillado. Las lágrimas sin fe son solo agua. Pero las lágrimas derramadas en la presencia de Dios, con un corazón que clama y busca, se convierten en una oración poderosa que sacude el cielo. Dios no ignora al quebrantado que lo busca. Deja de ser víctima de tus circunstancias y conviértete en un buscador de Su presencia. Ahí, solo ahí, el cielo responde.
📝 Tarea del día: Hoy, en lugar de quedarte solo/a con tu dolor, escribe en un papel tu situación, ponla delante de Dios en oración y declara en voz alta: «Señor, creo que Tú puedes cambiar esto.» No llores solo, llora en Su presencia.
La fe no es ignorar el dolor, es llevarlo a los pies de Jesús. A lo largo de las Escrituras, cada vez que alguien se acercó a Dios con fe genuina, algo sobrenatural sucedió. Hoy, el mismo Dios que sanó a la mujer con flujo, que abrió el vientre de Ana, que devolvió la vista a Bartimeo, te está esperando. No con una lista de quejas, sino con un corazón que confía. Recuerda: el cielo no responde a tu necesidad por sí sola, responde a tu fe. Y esa fe comienza cuando decides buscarle a Él primero.
Oremos juntos:
Señor Jesús, hoy reconozco que en muchas ocasiones me he encerrado en mi dolor sin buscarte a Ti. Perdóname por las veces que dudé, por las veces que lloré sin levantar mis ojos hacia Ti. Hoy decido acercarme a Ti con fe, aunque no entienda todo lo que estoy viviendo. Tú eres fiel, Tú eres poderoso, y creo que puedes cambiar mi situación. Aquí estoy, quebrantado/a, pero creyendo. Muévete en mi vida, Señor. En el nombre de Jesús, amén.
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