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Cita bíblica:
“¿No son diez los que han quedado limpios? Y los nueve, ¿dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?” – Lucas 17:17-19
Reflexión:
La ingratitud es como una plaga silenciosa que consume el alma sin que nos demos cuenta. En primer lugar, debemos reconocer que todos hemos sido ingratos alguna vez, ya sea con Dios o con nuestro prójimo. A menudo, recibimos bendiciones y las damos por sentado, sin detenernos a expresar gratitud. Por otra parte, cuando atravesamos dificultades, clamamos desesperadamente por ayuda, prometiendo todo tipo de cambios. Sin embargo, una vez que la tormenta pasa, olvidamos rápidamente nuestras promesas. Por lo tanto, la gratitud no es simplemente decir «gracias», sino una actitud del corazón que reconoce constantemente la bondad recibida y responde con fidelidad.
En el camino entre Samaria y Galilea, ocurrió uno de los encuentros más conmovedores con Jesús. Diez hombres leprosos, marginados por la sociedad, condenados a vivir en colonias aisladas, sin poder abrazar a sus seres queridos, se acercaron a Jesús guardando la distancia legal. Sus cuerpos estaban desfigurados, sus dedos quizás carcomidos, sus rostros irreconocibles. «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!», gritaron con voces quebradas por el sufrimiento. Con compasión, el Señor los miró y simplemente les ordenó presentarse ante los sacerdotes. En un acto de fe, comenzaron a caminar y, mientras iban, ¡fueron completamente sanados! Imagine la escena: diez hombres examinando sus cuerpos restaurados, piel nueva donde antes había llagas, sensibilidad recuperada donde antes había entumecimiento. Sin embargo, solo uno, un samaritano -un extranjero despreciado- interrumpió su viaje y regresó corriendo a Jesús. Se postró a sus pies y, con lágrimas de gratitud, glorificó a Dios con voz fuerte. Jesús, con tristeza en su voz, preguntó: «¿No son diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?»
¿Cuántas veces somos como esos nueve leprosos? Buscamos a Dios en la desesperación, rogándole que solucione nuestros problemas, pero una vez que recibimos el milagro, seguimos nuestro camino sin mirar atrás. La ingratitud no solo daña nuestra relación con Dios, sino también con quienes nos rodean. Cuando no reconocemos la ayuda, el amor o el servicio de otros, devaluamos sus acciones y los desanimamos. Un «gracias» sincero puede fortalecer lazos, construir comunidad y sanar heridas. La gratitud debe ser tanto vertical (hacia Dios) como horizontal (hacia nuestros semejantes). Hoy, preguntémonos: ¿Somos como el samaritano que regresó o como los nueve que siguieron su camino?
La gratitud transforma nuestra perspectiva espiritual. Cuando aprendemos a ser agradecidos, nuestros ojos se abren a las innumerables bendiciones que Dios derrama sobre nosotros cada día. El décimo leproso no solo recibió sanidad física, sino también espiritual; Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado». La verdadera sanidad va más allá de lo físico—alcanza el alma. De este relato aprendemos que la gratitud es una elección deliberada, no simplemente una respuesta emocional. Es decidir reconocer la bondad recibida, incluso en circunstancias difíciles. Además, la gratitud es un testimonio poderoso; el samaritano no solo agradeció a Jesús, sino que glorificó a Dios «a gran voz», permitiendo que otros conocieran la obra divina en su vida.
Desafío del Día:
Actividad práctica: Identifica tres personas que te hayan bendecido recientemente y a quienes no hayas agradecido adecuadamente. Escríbeles una nota personal o llámalos para expresar específicamente cómo su acción impactó tu vida. Luego, dedica 10 minutos a agradecer a Dios por bendiciones específicas que hayas dado por sentado.
Oremos juntos:
Padre Celestial, perdóname por las veces que he sido como los nueve leprosos que siguieron su camino sin regresar a agradecerte. Reconozco que cada bendición en mi vida viene de tu mano generosa, cada provisión de tu amor infinito. Ayúdame a cultivar un corazón permanentemente agradecido, no solo hacia ti, sino también hacia quienes pones en mi camino. Que mi vida sea un constante «gracias» que glorifique tu nombre. Ayúdame a no buscarte solo en la necesidad, sino a permanecer a tus pies en gratitud continua. En el precioso nombre de Jesús, amén.
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