Devocional 28 de agosto de 2025: «Cuando el Yo Se Interpone Entre Tú y Dios.»

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Cita bíblica:

«No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no solo por sus propios intereses, sino también por los intereses de los demás.» – Filipenses 2:3-4 (NVI)

Reflexión:

El ego es quizás el adversario más sutil que enfrentamos en nuestro caminar cristiano. A diferencia de otros obstáculos espirituales, este enemigo interno a menudo se disfraza como autoprotección, confianza o incluso como «amor propio». En primer lugar, debemos reconocer que el ego no es simplemente tener alta autoestima, sino una distorsión que nos coloca en el centro del universo, reemplazando el lugar que le corresponde a Dios. Además, este engrandecimiento del yo contamina nuestras relaciones, nuestras decisiones e incluso nuestra adoración, convirtiendo cada área de nuestra vida en un escenario para nuestra autopromoción. Por consiguiente, mientras más espacio ocupa nuestro ego, menos lugar queda para que Dios obre libremente a través de nosotros. Esta realidad nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿quién está realmente en control de mi vida?

Jesús nos proporcionó el ejemplo perfecto de una vida libre del dominio del ego. A pesar de ser el Hijo de Dios con todo derecho a exigir reconocimiento, nunca utilizó su divinidad como plataforma para la autopromoción. En Filipenses 2:6-8 leemos que «no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo». Este contraste es asombroso: el Creador del universo lavando los pies de pescadores ordinarios; el Rey de reyes naciendo en un humilde pesebre; el Maestro supremo afirmando que vino «no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45). Mientras los discípulos discutían sobre quién sería el mayor en el Reino, Jesús consistentemente redefinía la grandeza en términos de servicio y sacrificio. Incluso en la cruz, en el momento de su mayor sufrimiento, se preocupaba por las necesidades de otros: perdonando a sus verdugos, asegurando el cuidado de su madre, y prometiendo el paraíso al ladrón arrepentido. Su vida entera fue una demostración de lo que significa vivir completamente libre del tiránico control del ego.

¿Has reflexionado sobre las formas en que tu ego podría estar dirigiendo tus decisiones y relaciones? El ego es como un niño que grita desesperadamente para ser visto, temiendo que si guarda silencio o permanece quieto, nadie notará su presencia. Esta inseguridad profunda lo lleva a buscar constantemente aplausos, aprobación, tener siempre la razón y compararse favorablemente con otros para validar su existencia. Lo que muchos no reconocemos es que el ego nace fundamentalmente del miedo: miedo a ser irrelevante, insuficiente o no amado. Para liberarnos de su control, debemos primero identificar sus manifestaciones: la necesidad constante de reconocimiento, la dificultad para admitir errores, la hipersensibilidad a las críticas y la tendencia a convertir cada conversación en algo sobre nosotros mismos.

El camino hacia la libertad del ego comienza con la humildad auténtica, que no es pensar menos de nosotros mismos, sino pensar en nosotros mismos menos frecuentemente. Esta transformación requiere una renovación diaria de nuestra mente a través de prácticas espirituales concretas: desarrollar el hábito de escuchar genuinamente a otros sin preparar nuestra respuesta mientras hablan; celebrar sinceramente los éxitos ajenos sin sentir amenaza o envidia; servir en áreas donde no recibiremos reconocimiento público; y cultivar la gratitud que nos recuerda cuánto hemos recibido inmerecidamente. El apóstol Pablo nos desafía a «tener la misma actitud que tuvo Cristo Jesús» (Filipenses 2:5), recordándonos que nuestra identidad verdadera no se encuentra en lo que logramos o en cómo nos perciben otros, sino en quienes somos como hijos amados de Dios. Esta seguridad en el amor incondicional de Dios es el fundamento más sólido para una vida liberada del control tiránico del ego.

Oremos juntos:

Padre Celestial, hoy reconozco que muchas veces mi ego se ha interpuesto entre Tú y yo, distorsionando mis motivaciones y enturbiando mis relaciones. Perdóname por las veces en que he buscado mi propia gloria en lugar de la Tuya. Te pido que me des ojos para ver las formas sutiles en que el orgullo y el egoísmo operan en mi vida. Ayúdame a adoptar la humildad de Cristo, quien siendo Dios, se humilló a sí mismo y se hizo siervo de todos. Que tu Espíritu Santo transforme mi corazón para que pueda valorar a los demás por encima de mí mismo y encontrar mi verdadera identidad no en mis logros o en la aprobación de otros, sino en tu amor incondicional. En el nombre de Jesús, quien vino no para ser servido sino para servir, amén.

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